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Published: 2011-05-31 00:28:31 +0000 UTC; Views: 332; Favourites: 0; Downloads: 3
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Description
Un hombre de muchos sueñosAlejandro Yunhee Cho
En un atardecer lluvioso de Lima, Ernesto Baltazar estaba desesperadamente apurado.
—Amor, feliz aniversario. Los niños están dormidos. Te he preparado algo muy especial. Te amo mucho. Ven pronto. —dice un mensaje de voz que su esposa le había enviado hace cuatro horas.
—Hoy no es mi día. —Se murmuraba una y otra vez mientras cruzaba el óvalo Miraflores para tomar un carro. Se había olvidado por completo del aniversario.
Ernesto odiaba la humedad; especialmente cuando el clima a la lotería de Lima se dedicaba a rociar gotas gruesas de agua contaminada, un clima no muy común de la región pero tampoco extraño. También olvidó hacer el reporte técnico que luego lo obligó a trabajar horas extra con el equipo de ventas internacionales; y recargar el celular, quien escupió un recordatorio con baldazo de agua fría: que no iba a llegar a tiempo y que su esposa no le hablaría con el mismo tono de voz cuando llegue a casa.
Escapando de la lluvia, se subió a una combi cómoda y grande, uno de los nuevos modelos. Los asientos todavía seguían cubiertos de bolsas plásticas que vendrían de fábrica. Otra cosa que Ernesto odiaba era estar en sitios angostos o apretados. Estar en un carro así de vacío y cómodo era como estar en un oasis.
— ¿A dónde? —El cobrador le preguntó, monótono.
—Rímac. — Ernesto le entregó unas monedas que sumaban un sol con veinte céntimos.
— No, es sol cincuenta. — El joven le regresó las monedas.
Ernesto replicó que siempre pagaba sol veinte. El cobrador insistía en su precio. Disgustado, Ernesto Baltazar exigió que se le bajara del carro.
—Baja, baja, baja. —acostumbrado por situaciones similares, el cobrador no dudó darle la seña al chofer.
«No estoy en condiciones de pagar treinta céntimos más solo porque le dé las ganas de cobrar más.» pensó bajando del vehículo. Apenas saliendo, recordó que estaba en apuros y lamentó haberse bajado. Sin alternativas, optó por subirse al siguiente carro que pase.
La combi que llegó estaba llena y no tuvo más opción que subir por el apuro. Pero gracias a que alguien bajara, se pudo sentar cerca a la ventana. El bochorno que imperaba sobre el ambiente le causó sueño y poco a poco su cabeza golpeaba de vez en cuando la ventana. Odiaba la humedad y odiaba el ambiente apretado; sin embargo, tenía que llegar. Intentaba olvidar que la niebla pegada en la ventana era a causa del sudor de los pasajeros. A veces, cuando despertaba, reconocía las calles aunque mojadas e infestadas por charcos de agua. La Arequipa era larga, pero estaba terminando. Ernesto seguía golpeando levemente la ventana cuando, repentinamente, la aceleración y giro brusco del vehículo lo despertó y, en ese instante, inevitablemente vio dos faroles acercándose con ferocidad hacia su ventana. Hubo un destello. No hubo sonido. No podría. Solo reinó la nada.
Fue liberado de su desmayo por el sonido de un disparo. Estaba en un lugar muy iluminado, lleno de telas blancas y losas verdes. Era un hospital y Ernesto Baltazar se encontraba encima de una camilla con sus miembros pendiendo en el aire gracias a los yesos y tirantes. Consciente de su ubicación pero sin tener la claridad de un hombre sano, intentaba entender su situación actual. Parecía que sufrió un accidente: un accidente a causa de ahorrar treinta céntimos. Quería saber qué hora era, buscando un reloj en la sala sin éxito. En ese momento, aunque su mente seguía sonámbula, llegó a oír una frase.
—…Y a todos nuestros oyentes ¡Feliz navidad! —anunciaba un hombre desconocido mediante la radio del pasillo.
Le causó náuseas e intentó vomitar hacia un lado infructuosamente: su estómago vacío no le proveyó nada. Habría perdido su consciencia hace dos meses. ¿Qué sería de su trabajo y su familia? Estaba enyesado y su única fuente de nutrición era un suero colgando a su costado.
No sentía sus piernas, mas sí sus hombros y costillas. Es más, empezaron a dolerle como un cuchillo entrando lentamente por los costados.
— ¡Arghhh! ¡Doctor! ¡Enfermera! ¡Alguien…rghh! Sus gritos fueron enmudecidos por más disparos, o, en realidad, fuegos artificiales que anunciaban la medianoche. A lo lejos del pasillo se oía un « ¡Salud!» seguido por copas brindando con risas y carcajadas. Eran los doctores y enfermeras, felices y jactados de poder celebrar la navidad tras estar seguros que todos los pacientes estén bien. El hombre en coma no importaba: era muy poco probable que despierte. Más cohetes y risas ensordecían los gritos de Ernesto. El dolor se apoderó de toda la columna y cuello. Los latidos se elevaron, tanto como sus náuseas. Uno de sus brazos se descolgó y cayó sobre un metal. El dolor del golpe lo dejó en shock y hubo, una vez más, un destello.
Lo primero que sintió fue una caricia. La mano de su esposa, cuidando de él. Pero poco a poco fue despertando y la calidez que sentía en la mejilla era menos una caricia y más un chorro de sangre. No podía saber si era suyo o de otro. Por mientras, su otra mejilla estaba contra el piso, parcialmente atravesado por minúsculos pedazos de vidrio. Seguía en el accidente y los bomberos no habían llegado. Sus oídos ensordecidos captaban gemidos de los otros pasajeros. El lugar estaba lleno de olor a sudor, sangre y gasolina. No le sorprendió que no sintiera mucho en su cuerpo. A pesar de todo el caos en su mente, estaba consciente que se estaba muriendo. La sangre corría de su sien y calentaba más su mejilla. De arriba se oían cortes metálicos: ya habrían llegado los rescatistas. Todo sonido parecía oírse bajo agua. Y entonces, el mareo fue tomando paulatinamente su consciencia hasta que este desvaneció.
Lo primero que vio fue su cuerpo, vestido en terno y encajando dentro de un ataúd pendiendo solamente de unas cintas. Era consciente de su propio funeral. De todos sus familiares, solo su tía Romina lloraba a sollozos; los otros estaban aburridos. Sus padres habían fallecido hace mucho y él era el hijo único. El cura recitaba mecánicamente la ceremonia. Muchos bostezaban y algunos de atrás estaban jugando con su celular. Los niños corrían de aquí para allá sin saber porqué estaban vestidos en ternos y vestidos. Un bebé estalló en lágrimas. Otros tenían hambre, y esperaban que acabe pronto la ceremonia y así poder comer los triples que estaban preparados en el hall del cementerio. Su esposa actuaba extrañamente seria. El cura leyó todo el capítulo 14 de Job y, terminando, cerraron el ataúd; el cuerpo de Ernesto Baltazar comenzó a descender.
«Ah, así es morir.» pensó Ernesto mientras su cuerpo era tragado por la tierra. Todo había terminado. Sus treinta y seis años de vida lo habían traído a su funeral. Pero, entonces, divisó a su compañero de trabajo cogiendo de la mano a su esposa a escondidas. Una mirada de sonrisa era compartida fugazmente. La desesperación y la ira se apoderaron de todo su ser fantasmagórico y un deseo de despertar otra vez y abrir el ataúd hervía en su interior. Intentaba gritar y levantarse, sin llegar a hacerlo. Ya ni tenía ojos para llorar ni cuerdas vocales por donde gritar. Las manos de la mujer y del hombre estaban muy apretadas. Intentaba moverse, gritar, enloquecer. Lo último que sintió fue su dedo índice moverse.
Ernesto Baltazar despertó en los regazos de su esposa. Nada de lo que soñó había pasado. Todo fue una pesadilla de mal gusto. Había recargado su celular y hablado con su esposa sobre los planes de la noche. Había terminado su reporte a tiempo, saliendo de la empresa temprano. Había llegado a su casa y disfrutado una loca y hermosa noche con su esposa. Estaba en los brazos de su mujer, en la calidez de su cuerpo. No habría nada que temer. Ya estaba en su hogar, en su cálido aposento junto con su amada. Su esposa empezó a acariciar su cabeza en medio de su sueño como si se hubiera dado cuenta del malestar de su esposo. Ernesto llegó a relajarse y olvidar todo lo sucedido y poco a poco cayó otra vez al descanso.
Y finalmente, Ernesto Baltazar despertó; el ataúd estaba apretado y oscuro, y más que nada, húmedo.




