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Published: 2007-02-10 10:28:28 +0000 UTC; Views: 314; Favourites: 0; Downloads: 6
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Description
“Última Voluntad”Las llamas se elevaban por doquier mientras el fuego era reflejado en sus ojos. Intentó cerrarlos por un segundo, pero aún así no pudo escapar de aquella realidad. Frente a ella estaba todo aquello que tanto detestaba: odio, dolor, gritos, muerte… Lloró, y con sus lágrimas, recordó la manera en la que fue sentenciada a las llamas. “Bruja”, gritaban. “Tontos”, pensaba… Y las sombras de aquellos votos vacíos la hacían cada vez más débil e impotente, pero necesitaba luchar. “No te calles”, se dijo. “No ocultes tus sentimientos: toca” Como un necesario ritual sostuvo el arco y respiró profundamente… Entonces sonó el cello… Así, el dolor de la joven condenada se transformó en una poderosa tormenta musical: las notas comenzaron a bailar como blancos cisnes y la música creció junto con el dolor… Dulces recuerdos de un pasado irrevocable al que aún aferraba su alma.
El olor a madera quemada era casi tan insoportable como los gritos de la joven moribunda que volaban llenando el ardiente cielo nocturno. Pero en aquella mente sentenciada otro sonido irrumpió: aquel cello, aquel triste cello que se empeñaba en luchar con las lágrimas de la intérprete. Las cuerdas creando acordes, el arco moviéndose cual océano impetuoso, mas en sus ojos… en sus ojos vivía el amargo llanto de aquellos que sufren las muertes de los condenados. La música se hacía más fuerte arrastrándola hacia una corriente de magníficas melodías, tiernas emociones y violencia brutal. Así su historia de sueños, fe, convicciones, esperanza, humillación y herejía nació en una música viva que ardía llena de poder y fragilidad, emotividad y sensibilidad, indomable fuerza y, más allá de todo independencia.
Pero seguía allí, abrasada por las llamas que devoraban a aquellos que se oponían a la verdad divina. Entonces recordó aquellos días cuando su música le hablaba en aquel único y puro leguaje que yacía ahora atrapado en la ignorancia. Sonrió tristemente y en sus ojos se enjugó el llanto. Imperiosamente una ráfaga de viento tocó su cabello rojo, acariciando el cansado rostro sobre el cual, encendida por el fuego, se deslizaba una lágrima solitaria. El bronco cuervo que la observaba quedó en silencio cuando el inquisidor pronunció las últimas palabras que escucharía antes de que aquel tajante dolor atravesara su cuerpo destrozado. De repente la plaza se encendió con una luz cegadora y sintió cómo las llamas devoraban las lastimeras ropas que una vez cubrieran su cuerpo.








